lunes, 14 de diciembre de 2009

Mi propio blues de la bandera muerta.

Me recobro repentinamente, sintiendo cómo mis pies dan con el frío suelo. He vuelto a quedarme dormido. El viento me corta la piel, colérico, como reflejando todo el odio que me rodea, y yo alzo la mirada al cielo mientras mi cuerpo se estremece. Allí están, observándonos ociosos, regodeándose en su superioridad. Decidiendo con cada palabra el destino de nuestras tristes vidas.

No muestran odio, ya que no odian, ni desprecio. Sólo egoísmo y codicia, que hace tiempo acabaron con todo rastro de humanidad y empatía. Se congratulan y se sonríen, esperando el momento oportuno para descuartizarse entre ellos. Son los lobos, y nosotros el ganado; meras fichas de su juego macabro, al que sólo ellos juegan y en el que todos menos ellos pierden.

Las cosas desde aquí abajo son diferentes. Hace tiempo que se dejó de hablar, pues las palabras pronto dejaron de ser suficiente para expresar el odio. Sólo ellos lo hacen, constantemente. Se acusan, se escupen y se desprecian, haciendo caso omiso a las consecuencias de sus actos. Son niños con tanques y labia, aplastando todo a su paso y haciéndolo parecer mejor. Y nosotros, ¿qué somos? Bestias guiadas por una causa mayor, que perdió su significado desde un principio, al contradecirse. Una causa que nos denigra, nos reduce a meros títeres, a animales. Que nos mata. Pero la inercia es demasiado grande cuando todo el mundo te empuja, y pronto te das cuenta, si tienes la mala suerte de darte cuenta, de que estás atrapado dentro de esa enorme máquina autodestructiva. Ideología, comenzó llamándose. Por un bien mayor; a toda costa, bajo cualquier precio. Todo eran mentiras.

Quizás las cosas podrían haber salido mejor, pero el hombre nunca cambia. Nos engañamos, permitiendo a otros manejarnos. Cometimos los errores del pasado, y continuamos luchando por viejos ideales con nuevas armas. De nuevo, al interés se le llamó bien mayor, y todos acudimos como perros para destrozarnos entre nosotros en su nombre. Desde el cielo, a distancia, ellos siempre nos guiaron. Velaban por nosotros, nos cuidaban y nos daban un objetivo. Y les idolatrábamos mientras nos mataban.

Pero todo cambió al final. Ya no hubo racismo, codicia ni odio; todo eso quedó en el pasado cuando las consecuencias fueron tan grandes que dejó de merecer la pena. Todos eramos iguales, y agradecíamos cada bocanada de aire porque todos nosotros, sin excepción, sabíamos cuál era la alternativa. Conseguimos vivirla muy de cerca.

Así que decido volver a mi tarea intentado pasar desapercibido. Acabas valorando tu vida, incluso cuando no vale nada. Mientras, ellos continúan disputándose este mundo muerto con sus golpes de pecho y sus discursos. Sé que lo seguirán haciendo hasta que todo termine.

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