jueves, 17 de diciembre de 2009

Huída de Creta.




El sol me ciega al llegar al saliente del acantilado, y el sonido de las olas chocando contra las rocas me hace estremecer de emoción. Mientras me asomo al vacío, inmune al vértigo, noto el suave rozar de las plumas en mi espalda, y una maravillosa sensación de libertad se apodera de mí por completo. Por primera vez desde que tengo memoria, la suave brisa de la mañana me resulta esperanzadora.

La mano de mi padre se posa en mi hombro, ayudándome a mantener la calma. Me giro expectante, y a nuestras espaldas, tras las copas de los árboles, veo alzarse la enorme torre que ha sido mi hogar y mi prisión durante toda mi vida. La observo durante unos segundos, y finalmente sonrío. Tengo la certeza de que será la última vez que la veré.

- 'Recuerda todo lo que te he dicho, hijo' - El semblante de mi padre pretende ser severo, pero es evidente que apenas puede contenter la emoción. Rápidamente me contagia, y al intentar esbozar una mueca tranquilizadora no puedo más que reirme. Él parece ignorarme, y continúa - 'No te acerques demasiado al sol, pues las alas son frágiles y la cera que sujeta las plumas más pequeñas se derretiría. Cuídate también de acercarte demasiado al mar, pues no podrías remontar el vuelo'. Intento tranquilizarle repitiendo sus palabras, y las lecciones aprendidas durante las semanas de preparación acuden a mi mente de inmediato. Nada podía salir mal; habíamos repasado el plan demasiadas veces. Sólo quedaba dar el último paso, el salto que nos sacaría de allí.

- Vuela con cuidado, Ícaro. - Acto seguido saltó del acantilado, precipitándose hacia las rocas. El corazón me dió un vuelco y por un momento creí que no lograría ascender, pero justo cuando me colmaba la desesperanza sus alas se alzaron por encima del precipicio como las de un pegaso. Tras unos giros de comprobación, levantó la mano en señal de aprobación. Era mi turno.

Acompañé el salto con un fuerte batido de brazos y comencé rápidamente a ganar altura, hasta situarme a una distancia prudencial de mi padre. Debajo de nosotros, el sol proyectaba nuestras sombras sobre la piedra del acantilado como único recordatorio de toda una vida. Con Creta desdibujándose en la distancia y el viento entonando una melodía indescriptible, tomamos rumbo a Sicilia. Por fin éramos libres.

Pasaron las horas, y pronto sobrevolamos Samaos y Delos. Las corrientes de aire hacían la mayor parte del trabajo, por lo que no me encontraba cansado y mi emoción iba en aumento. El sol parecía sonreirme y atraerme hacia él, y durante un instante los consejos de mi padre parecieron confusos y vacíos. De pronto, como si no lo hubiese pensado hasta ese momento, la plena conscencia de mi situación me golpeó; estaba volando. Volando como un pájaro, o como un dios. ¿Cómo podía Apolo enviarme a la muerte, ahora que había llegado tan lejos? Y aquel enorme sol seguía brillando mágicamente, invitándome a tocarlo. No, no había forma de caer al mar; ahí arriba, suspendido en el aire, no había nada que no pudiera hacer. Tomé una decisión, y el batir de mis brazos comenzó a alzarme aún más.

Dédalo se dió cuenta demasiado tarde. Yo ya había doblado su altura, y sus frenéticos gritos apenas eran leves murmullos en la distancia. Mi corazón latía con fuerza a medida que el sol se agrandaba, tan magnífico. Apenas fuí consciente cuando la cera comenzó a derretirse, y las plumas a desprenderse. Sólo imprimí más fuerza al agitar de las alas cuando éstas dejaron de otorgarme impulso, y el esfuerzo no hizo más que avivar mi determinación. Alcanzaría el sol o moriría intentándolo.

No fue hasta que empecé a caer cuando me dí cuenta de lo que ocurría. En un último esfuerzo, mientras la cera corría por mi espalda, estiré mi brazo hacia el ahora burlón sol. El viento dejó de sostenerme y comencé una caída en picado hacia el mar, que parecía recibirme con los brazos abiertos. No tuve tiempo a arrepentirme, ni a hacer una última reflexión. Sólo a cerrar los ojos, y a anhelar por última vez tocar el sol.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Azul pálido.




En cuanto la nave se estabiliza me atrevo a mirar por la ventana de la escotilla, y mi corazón da tal vuelco que apenas reprimo las ganas de gritar. El silencio reinante, que hasta entonces me había resultado insoportable, parece llenar el momento y volverlo aún más mágico. La tierra a billones de kilómetros; un diminuto punto azul que alberga todos mis recuerdos. A su alrededor, un mar de estrellas apenas visible.

La visión de aquel enorme vacío me golpea de repente, y no puedo evitar pensar que, en realidad, ninguno de los problemas que mi mente puede abarcar tiene o tendrá nunca importancia. Que el hambre, la guerra o el odio son trivialidades en este vasto universo. Que yo no soy nada.

La orgullosa humanidad reducida a una esfera apenas visible. ¿Qué significa nuestra existencia? Mañana podríamos desaparecer y este sobrecogedor vacío continuaría imperturbable. Miles de millones de vidas, de personas, que podrían no haber sido nunca. De pronto comprendo todo: me doy cuenta de que sin algo mayor, un objetivo, uno nunca valdrá nada. Que un hombre necesita algo más que su insignificante existencia. Entonces, ¿cómo puedo seguir viviendo, sabiendo esto? Y de pronto logro comprender toda la brutalidad, todas las aberraciones cometidas en nombre de algo más grande; Dios, la patria, la libertad. Todo se ve justificado ante aquel efímero azul pálido que representa el sufrimiento y el placer, el odio y el amor de miles de generaciones.


Pero la confusión pasa y el efecto hipnótico se desvanece. Junto a esa desesperanzadora certidumbre comienzan a aparecer imágenes y recuerdos; de mi vida y de la vida de otros. En ese momento, pese a no poder explicarlo de forma racional, soy consciente de que cada pequeño detalle, cada pequeña vida, vale más que cualquier dios o que cualquier patria. Porque si una sóla vida no vale nada, ¿qué más puede valer un mero concepto, un ideal? ¿Qué clase de justificación puede tener la muerte de miles, insignificantes pero reales, en favor de una ilusión? Ninguna. Porque ante este aterrador infinito, a lo único a lo que nos podemos aferrar es a la vida.

martes, 15 de diciembre de 2009

Ya lo sabes.

Sabes que no hablo demasiado, y que cuando lo hago es por tí. Siempre he valorado la soledad y el silencio, quizás demasiado, pero tú me enseñaste que una sonrisa puede merecer la pena, que no todas las palabras están vacías y que donde hay voluntad hay un camino.

Me diste valor, esperanza, me ayudaste a crecer. Estabas ahí en cada derrota, en cada paso en falso y en cada decepción. Desde un principio supe que no lo merecía, pero jamás te importó. Fuiste mi ángel, me enseñaste a volar.

Y nunca, nunca me dejaste caer. No necesitaste escaleras para llegar a mi ventana, ni alas para salvar la distancia que nos separaba. Incluso ahora que no estás aquí, estás en mis sueños, en cualquier rincón cuando te busco con la mirada. Cada vez que salto al vacío te siento, y la certeza de tu presencia me permite seguir respirando.

Ya lo sabes. Que adoro el viento rozando mi cara; que amo la noche, y volar sobre las luces de esta ciudad. Pero que, ante todo, te amo a tí.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Mi propio blues de la bandera muerta.

Me recobro repentinamente, sintiendo cómo mis pies dan con el frío suelo. He vuelto a quedarme dormido. El viento me corta la piel, colérico, como reflejando todo el odio que me rodea, y yo alzo la mirada al cielo mientras mi cuerpo se estremece. Allí están, observándonos ociosos, regodeándose en su superioridad. Decidiendo con cada palabra el destino de nuestras tristes vidas.

No muestran odio, ya que no odian, ni desprecio. Sólo egoísmo y codicia, que hace tiempo acabaron con todo rastro de humanidad y empatía. Se congratulan y se sonríen, esperando el momento oportuno para descuartizarse entre ellos. Son los lobos, y nosotros el ganado; meras fichas de su juego macabro, al que sólo ellos juegan y en el que todos menos ellos pierden.

Las cosas desde aquí abajo son diferentes. Hace tiempo que se dejó de hablar, pues las palabras pronto dejaron de ser suficiente para expresar el odio. Sólo ellos lo hacen, constantemente. Se acusan, se escupen y se desprecian, haciendo caso omiso a las consecuencias de sus actos. Son niños con tanques y labia, aplastando todo a su paso y haciéndolo parecer mejor. Y nosotros, ¿qué somos? Bestias guiadas por una causa mayor, que perdió su significado desde un principio, al contradecirse. Una causa que nos denigra, nos reduce a meros títeres, a animales. Que nos mata. Pero la inercia es demasiado grande cuando todo el mundo te empuja, y pronto te das cuenta, si tienes la mala suerte de darte cuenta, de que estás atrapado dentro de esa enorme máquina autodestructiva. Ideología, comenzó llamándose. Por un bien mayor; a toda costa, bajo cualquier precio. Todo eran mentiras.

Quizás las cosas podrían haber salido mejor, pero el hombre nunca cambia. Nos engañamos, permitiendo a otros manejarnos. Cometimos los errores del pasado, y continuamos luchando por viejos ideales con nuevas armas. De nuevo, al interés se le llamó bien mayor, y todos acudimos como perros para destrozarnos entre nosotros en su nombre. Desde el cielo, a distancia, ellos siempre nos guiaron. Velaban por nosotros, nos cuidaban y nos daban un objetivo. Y les idolatrábamos mientras nos mataban.

Pero todo cambió al final. Ya no hubo racismo, codicia ni odio; todo eso quedó en el pasado cuando las consecuencias fueron tan grandes que dejó de merecer la pena. Todos eramos iguales, y agradecíamos cada bocanada de aire porque todos nosotros, sin excepción, sabíamos cuál era la alternativa. Conseguimos vivirla muy de cerca.

Así que decido volver a mi tarea intentado pasar desapercibido. Acabas valorando tu vida, incluso cuando no vale nada. Mientras, ellos continúan disputándose este mundo muerto con sus golpes de pecho y sus discursos. Sé que lo seguirán haciendo hasta que todo termine.